03. Un escote, un taco chino, y un arrebato primaveral

9 enero 2010 en 10:21 pm | Publicado en Te cuento un Cuento | 2 comentarios

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El cuento de una historia posible

Ella es, pongámosle, Andrea. Pongámosle también, que es menuda, de ojos rasgados y oscuros, tanto como su pelo corto, prolijamente peinado. Tiene la voz dulce, tímida, pero habla rápido. Podría tener otro nombre, y ser una hermana, una hija, una amiga, o quizás, hasta quien esto lee. Pero lo cierto es que hoy le tocó llamarse Andrea y querer ejercer su derecho a divertirse una noche, en que el Club Universitario sería el destino elegido para comenzar a despedirse de su adolescencia.  Quizás también, de cierta inocencia.

La primavera comenzaba a intuirse en el aire, trayendo consigo un escándalo hormonal difícil de disimular. Mucho más cuando se tienen dieciocho años, y la juventud asoma impune a flor de piel. Pero ella no pensaba en estas cosas. En definitiva, no conocía otro estado que ser joven y vivaz. Tampoco sospechaba siquiera que aquella piel lozana pudiera ser la trampa hacia su peor pesadilla.

El sábado 19 de septiembre comenzaba a desandar sus primeros minutos, mientras ella se enjuagaba el cabello debajo de la ducha. Después de secarse, se vistió y desvistió tantas veces como conjuntos podía armar con su ropa. Esto de producirse era cosa seria cuando sabía que Él iba a estar ahí.

Finalmente eligió la remerita escotada, la que mostraba la frontera justa donde Él dejaría de verla como una amiga. Se puso unas gotas de su perfume favorito y comenzó a delinear sus ojos. Frente al espejo, probó todas las miradas posibles. Cualquiera que usara, hacía juego con sus uñas, largas, impecables y pintadas de rojo furioso. Tan furioso como el de sus labios. Se puso una camperita liviana, mientras su madre la hinchaba para que se abrigara más. Pero un bocinazo le anunció que el taxi había llegado. Y dentro de él, sus amigas inseparables y cómplices de todas sus aventuras.

Eran las 3 am, el Club estaba hasta las manos. Y ellas, dispuestas a pasarla muy bien y bailarse todo. Mientras se divertía, los ojos de Andrea buscaban los de Él entre la muchedumbre. Hubiera deseado no encontrarlo nunca. Los ojos de su amigo, no miraban precisamente su boca.

Una lágrima oscura y espesa surcó su mejilla. Fingiendo sueño, avisó a sus amigas que regresaría a su casa, pero encontrar un taxi libre se le hizo eterno. Se había quedado sin crédito en el celular, y no pudo llamar a su empresa de confianza. El taxista que frenó ante su señal, tenía cara de bueno y lo único que quería Andrea, era llegar pronto a su casa, dormir y olvidar. Subió al vehículo, y luego de indicar el camino al conductor, apoyó la cabeza contra la ventanilla. Los párpados le pesaban. Fue el ruido seco del seguro automático de la puerta el que la despertó. El auto se detuvo, y el corazón se le aceleró. Ese no era su barrio. El cuerpo se le tensó, tuvo miedo. Terror.

Él la miraba por el espejo retrovisor y sonreía. Ella se arrinconaba en el fondo del asiento trasero. Afuera solo se divisaban yuyos, y una noche que comenzaba a disiparse, mientras él solo espiaba aquel escote que poco tapaba la camperita que Andrea eligió llevar. “Portate bien, nena”, alcanzó a oír ella.

Debía pensar rápido, y aprovechar que él le daba la espalda mientras buscaba algo en la gaveta del taxi. Acurrucada como estaba, se quitó una sandalia. Justo cuando él ya se abalanzaba hacia el asiento trasero, y con las dos manos se aflojaba el cinturón, ella logró sacar las pocas fuerzas que el miedo le permitió. El taco chino de su sandalia, resultó ser un arma imponderable incrustado en el ojo izquierdo de él. No fue todo. Aquel asqueroso engendro, bajito y morocho, ahora también llevaría en su rostro las huellas de unas uñas rojo furioso. Unos segundos de distracción para agarrarse la cara,  sirvieron a Andrea para darle un golpe débil pero estratégico, en la entrepierna al conductor. Un grito de dolor que nadie más que ella escuchó, le dio el tiempo justo para escabullirse hacia el asiento delantero, destrabar la puerta y huir.

Corrió descalza, por entre los yuyos, hasta que llegó a una calle que no reconocía. El silencio era ensordecedor, apenas un gato maullaba a lo lejos. Quizás tan perdido y atemorizado como ella. De pronto, un ringtone conocido le imploraba atender su celular. Era Él, su amigo, el destinatario de aquel escote, de su perfume favorito y de sus labios rojo furioso. Le pedía perdón; sus amigas le habían contado de la lágrima de Andrea. Ella solo se desplomó, y lloró. No estaba tan lejos de la ciudad, se divisaban los edificios a lo lejos, pero se sentía en un universo irreal. Los veinte minutos que esperó hasta verlo aparecer a su amigo, le parecieron interminables. Tanto como el abrazo que necesitó de él. Y quizás menos que los minutos en que, aprovechando el silencio que aún había en su casa al llegar, se escabulló hacia su dormitorio. Eran ya las seis de la mañana. Solo quería dormir, mucho, y soñar que todo había sido una pesadilla.

Un sms la despertó a las 12 del mediodía. Debajo de la ducha pensaría qué hacer. En la ciudad, había un monstruo que conducía un taxi, llevaba una cicatriz de rojo furioso en su rostro y recibía a la primavera con el morbo erecto. Decidió que por la tarde haría la denuncia. En la comisaría conoció a una periodista. La mujer le preguntó cómo se llamaba, y ella dijo -pongámosle- Andrea. En su borrador apuntó el nombre, justo en una hoja donde se leía: “robo de un taxi en el club Universitario”.

Por Ludmila Brzozowski / Oct.2009

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2 comentarios »

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  1. Historia imaginada que bien podría ser parte de los periodicos de cada dia. No pude mas que seguir leyendo hasta el final, preguntandome como seria. Que lindo escribis!

  2. Me encantó. Y me hizo acordar las veces que, siendo adolescente, me puse en riesgo y por supuesto, agradecer que nunca me pasó nada. Cuando dicen que “las pendejas andan en bolas porque están buscando algo”, no entendieron nada…


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