14. Fulano, una historia de vida con muchas cruces.

8 febrero 2010 en 12:24 pm | Publicado en Historias reales, Río Colorado | 1 comentario

Les dejo el Cap I de una de las Historias de Vida realizada para sociología: Un Fulano, a quien la vida le negó conocer a su papá, siendo apenas un niño su mamá lo dejó al cuidado de sus abuelos, y creció signado por viejas creencias, misterio, silencio, desencuentros, muchas muertes, y demasiados años de privaciones por temor a enamorarse de una mujer que resultara ser su hermana. A veces hasta un anónimo esconde una historia de novela


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Quien dice que no hay querencia
que le pregunte a la ausencia
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Nos encontramos pasando el puente viejo que atraviesa el río Colorado. Me esperaba en una esquina, con su ranchera estacionada en la penumbra de la noche, quizás como metáfora de lo que ha sido su vida. No estaba solo; con él estaban las ansias de contar en voz alta su historia, desarmarla y volverla a armar, cual rompecabezas interminable.

Hacía mucho frío, eran casi las diez de la noche del día del amigo. Si, esa fue la fecha elegida por aquel que después me confesaría a veces preferir la soledad para pensar o quizás reordenar esa vida” que por momentos, dolía y queparecía tramar un juego macabro. Aquel para quien La amistad generalmente lo vemos como el dar sin esperar nada a cambio, como el dar cuando el otro lo necesite, no estar todo el día pegados…estar juntos pero no revueltos se podría decir, estar en el momento en que el otro lo necesite.

Así lo siente ese FULANO que siempre está cuando otros –amigos o no- lo necesitan, pero a la hora de sus propios dramas, opta por buscar la paz en lo profundo de sus pensamientos.

Personaje arisco si los hay, Fulano es hombre de pocas palabras, pero mucha memoria. Y como si una cosa fuera pegada a la otra, la memoria también coquetea con el rencor, ciertos odios acumulados, misterios, y alguna alegría. A veces, agacha la mirada, pero nunca deja de observar lo que sucede a su alrededor, como si ese estado de alerta permanente e inconsciente, tuviera algo que ver con tantos años de tratar de “buscar hilos” para atar cada día, cada año, cada momento de su vida, rodeado de ausencia, abandonos e incógnitas.

La penumbra de aquella esquina, en pocos minutos se convirtió en un escenario único: ya subida a la ranchera, y munidos de un termo de café bien caliente, transitamos por la cuesta que hay hasta llegar a lo más alto de las bardas de La Adela. Ese fue el lugar que eligió él mismo para la entrevista: la popular Ermita, desde donde una cruz, un santuario a San Cayetano, y muchas velas comidas por las hormigas, atestiguaban desde hace años (décadas) el sueño y la fe de la comarca del Colorado. El punto más alto, perfecto observatorio del mundo, el ajeno y el propio. También, punto de partida de lo que alguna vez fueron nuevas y acaso tardías emociones en su vida.

Retrasadas o no, si hay algo que Fulano tiene bien presente siempre, son sus primeras veces en los afectos, en las sensaciones que por tantos años se obligó a no vivir, aunque fueran tan naturales como la vida misma. Aunque fueran tan necesarias para cualquier ser humano, haya vivido en plena era glacial o sea el vecino actual de la vuelta de casa. Demasiados miedos, demasiadas privaciones, pocos excesos, mucho control, y ninguna casualidad. Pero quizás este destino le puso ese condimento que él tanto valora: el Amor, el Respeto, el Honor, y que lo acercan al Hombre, y lo diferencian de aquellos coleccionistas de himen, que exhiben a la mujer como trofeo de guerra, como si fuera una tropilla a desvirgar, como me dirá con total convicción.

Y aunque será crudo al hablar de sexo, y hasta parecerá que asoma un cierto recelo hacia algunas actitudes masculinas que -según él-, la sociedad vanagloria sin que lo ameriten, su tono cambiará completamente cuando hable de “hermanos por parte de papá”, de abuelos, de sus autos y sus herramientas.

La noche estaba muy fría, demasiado para una camioneta sin calefacción. Tenía mi confianza puesta en el termo de café, los guantes y la campera de repuesto que me llevé; pero se avecinaba una nevada histórica -como fue la del 22 de julio de 2009- y la ola polar se empezaba a sentir. Ya estábamos ahí, y el escenario, era único y absolutamente nuestro. Desde la ranchera, se divisaban los reflejos del río bajo un cielo nublado, y las luces de toda la ciudad; o mejor dicho, de ambos pueblos, el de allá y el de acá. Uno de cada lado del río.

La mirada inquisidora que siempre lleva puesta Fulano, comenzaba a mirar hacia el escenario que teníamos adelante. Paradójicamente, algo me dijo que en realidad, comenzaba a perderse en aquello que quedaba tras su espalda. Miraba lejos, más allá de todas las luces de la ciudad que ya dormía, mientras tomaba un primer café. Aquello que parecía querer gritar y escucharse a si mismo narrar una y otra vez, empañaba los vidrios de la camioneta. Y supe que no habría preguntas de cuestionario, ni orden cronológico de los acontecimientos y etapas de su vida. Todo fue -como supuse- un ir y venir, del hoy al ayer, a ese pasado que comenzó mucho antes de que él se gestara. Una ayer con el que intentaría explicar o acaso excusarse, de gran parte -sino todo- lo vivido hasta estos 32 años, seis meses, y 13 días,  desde aquel día del año 1976 en que, además de un cordón umbilical, le cortaron la posibilidad de una Familia como la de sus compañeros de escuela. Sí, exactamente esa edad…como la contaría él, para quien las fechas tienen también minutos, lágrimas, encuentros y desencuentros. Y registran muchas cruces.

No podía comenzar de otra manera, que preguntándole aquello que estaba segura, lo trasladaría a ese lugar donde parece que se sintiera más cómodo: el recuerdo, y el desafío de armar el rompecabezas de su vida. Pongo REC, y la pregunta llega sola:

Mengana – ¿Sos nostálgico Fulano?
Fulano – ¿A qué le llamas ser nostálgico? –
retruca- ¿A vivir del recuerdo?
Mengana – A vivirlo al recuerdo –
remarco-, a traerlo….con vos.
Fulano – ¿A tenerlo presente? Puede ser
, puede ser…

(Sorbe un poco de café)

… y mira definitivamente hacia un punto perdido entre las luces de la ciudad.


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Capítulo I

Añoranzas de lo que no fue


Mengana – Y hoy por hoy, si te retrotraes a un momento de tu vida pasada ¿cuál es el primero que te viene en mente?

(suspira, y asumo que tras el silencio, llegará ese momento)

Fulano – Primeramente no se me viene un momento en sí, sino que se me viene un momento que nunca tuve…Claro, es como un momento que yo siempre quise; quise tener y nunca lo pude tener.

(le doy tiempo, asumo que le gusta alimentar el misterio)

Mengana – ¿Cómo lo imaginás ese momento?
Fulano – Yo siempre quise tener a mi papá conmigo, aunque sea un instante…y…yo no tengo un recuerdo de haberlo visto. Nunca. Vivimos en el mismo pueblo, compartimos las mismas calles…22 años…8 meses y 10 días. Y no, no me acuerdo de haberlo visto jamás.


APUNTES DE LA UNA AUSENCIA

desanudando la historia

Sus fechas son precisas, incluyen meses y días. Y muchas, o quizás todas las que registra en su memoria, nos llevarán una y otra vez al hecho recurrente que signó su historia: crecer sabiendo que en algún lugar del mundo -que no conoce en carne propia, muchas más latitudes que la pequeña comunidad en que creció- había un Hombre con quien los unía más que los genes. Algunos le dicen Papá. Pero Fulano, no fue hasta marzo del `98 que pudo saber que ese Hombre, tenía un nombre, un apellido diferente al que su acta de nacimiento indicaba, y hasta tenía otra familia, como la que a él le fue negada. Antes de ese momento, no hubo Días del Padre donde no sintiera vacío, y a medida que crecía y el espejo lo dibujaba alto, robusto, con el pelo ondulado, un poco rubio un poco rojizo -tanto como su tez- de labios carnosos que poco sabían de besos, y esos ojos rasgados e “inquisidores” propios de aquellos que llegaron desde tierras eslavas, también se iba armando la imagen de aquel que siempre quiso conocer y no pudo. Convencido de ello, me cuenta yo siempre que tuve que hacerme la imagen de cómo era él, siempre lo hacía a imagen del espejo. Tenia que ser parecido a mí…como yo no me parecía a mi mamá… ¡me tenía que parecer a mi papá! No había muchas más opciones.

Y como él bien lo remarca, todos esos años -y aún después de saberlo- caminaron las mismas calles, vivieron en el mismo pueblo, pero asegura no habérselo cruzado. Jamás.

Antes de eso, la evasión, el silencio, los miedos y creencias de sus abuelos maternos, y de todas esas personas que se metieron, opinaron, las anticelestinas, gente que no tenía nada que hacer, gente que no quiso que yo tuviese papá. Mucho de eso, y -pienso- quizás un poco de su propia timidez y prudencia, alimentaron las incógnitas de crecer sin saber quién era aquel del que había heredado también esa forma de caminar, tranquila, como si cada paso, pesara más que el propio cuerpo.

Y llegaron esos años en que ese cuerpo se alborota hasta en los sueños, y despierta el deseo de otro cuerpo con quien buscar el placer mutuo. Cuando tenés 13 o 14 años, y la tenés que poner porque hay que ponerla, y cómo es (ese momento) no importa…no importan los sentimientos, nada, no valoras eso, dice al respecto, con un poco de rechazo. Pero lo que ya comenzaba a preocuparle, era que también en ese mundo que él caminaba, hubiera hermanas por parte de ese padre desconocido, y que el amor o la atracción, le reservara alguna historia incestuosa. Su gran temor, y motivo de lo que por tantos años se privó de sentir, aun después de conocer quienes eran aquellas que llevaban su misma sangre.

Mengana – ¿Quién te lo contó?
Fulano – Mi mamá.
Mengana – ¿Lo buscaste vos? ¿O te lo contaron?
Fulano – No, no -responde rotundamente, y hasta parece enojado- me lo decía o me lo decía.

(Obligando. Así fue cómo debió llegar a esa verdad).

Mengana – ¿Cuantos años tenías vos?

Fulano – A ver… (ata cabos sobre los caminos que en su mente debe haber trazado muchas veces). Fue en el `98. Ya tenía los 21, y con unos meses encima. Recién ahí pude saber. Y yo hasta ese momento siempre tuve un cierto miedo…tenia un cierto miedo de que la chica que estuviera conmigo fuera mi propia hermana. Tenía mucho miedo a eso. Y como serán las vueltas
de la vida…para ese entonces -me enteré después- mi papá también les dijo a sus hijas que tenían un hermano mayor. Parece que mi papá tenía el mismo miedo. Por eso se los contó.

Hasta que ese momento llegó, los adultos -madre y abuelos- evitaron contarle esa verdad, pero no le mintieron. La figura paterna, no fue reemplazada por ningún otro hombre, ni tampoco sus abuelos se encomendaron a la tarea de suplirlo. Simplemente, fue una ausencia, un vacío que lo llenaba de preguntas sin respuestas.

Mengana – ¿Y por qué durante muchos años, no pudiste saberlo?
Fulano – Nunca lo quisieron contar, no se por qué. (…) Lo que si fui viendo después, es que hay muchas…muchas creencias –trata de explicarse- como si  fueran mitológicas. ¿Viste cómo eran los oráculos? De los reyes de la antigüedad, por ejemplo. Que si vos haces esto, te va a pasar esto otro..y  conozco al vecino  que le pasó. Bueno, algo así. Eso lo fui hilando después…

Está convencido de ello. Durante estos años, hasta ha buscado en internet algún dato que le sirva como razón a tantos años de silencio. Él lo encuentra en lo que llama mitos, y a medida que me va explicando, asumo que se refiere a las creencias populares propias de la cultura eslava. Para comprenderlo, hay que hurgar mucho más allá de aquel 7 de Diciembre de 1976. Y entonces, Fulano se pierde en un tiempo cuyo misterio parece seducirlo más  que el futuro.

Continuará…siempre que quieran más.

* “Por el camino”, de José González

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1 comentario »

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  1. Quiero más! Muy buena lu!


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