26. Un mundo lleno de negros

3 mayo 2010 en 12:31 am | Publicado en Autobiográfica, Historias reales, Pensares | 4 comentarios

[blancos, grises y naranjas]

Sucedió en mi Mar del Plata querida. Por aquel entonces, los medios no hablaban de cumbios, ni de ninguno de esos jóvenes especímenes que hoy pululan en cuanta investigación sobre tribus urbanas se realice. Pero mis ojos le decían a mi memoria, que algo estaba sucediendo en la gente que a diario me cruzaba al regresar de mi trabajo.

Aun en una gran ciudad donde podemos suponernos uno más que camina, aunque somos muchos y no nos conocemos, sí nos registramos. Y mi registro indicaba que, además de los yuppies, promotoras, pibes descalzos pidiendo limosna y vendedores ambulantes que pisaban las mismas baldosas que yo, especialmente en cercanías de la Catedral de la ciudad era habitual reconocer ciertos grupos humanos:

Estaban los neo hippies, cuyos cabellos parecían proclamar “es mejor tener el pelo libre, que la libertad con fijador” como decía aquella vieja canción; no obstante, cuando el hambre sorprendía a sus pequeños en las interminables jornadas en la Feria de Artesanos, se cruzaban al Mc Donald de la cuadra a comprarles una hamburguesa, de esas cuyo penetrante olor jugaba a mezclarse con el clásico aroma a incienso de sus puestos feriales. Los nuevos hippies que le dicen, o lo que quedó de aquel movimiento que quiso cambiar el mundo con sus ideales de amor y paz, su modo de vida comunitario, renegando del nacionalismo, la Guerra del Vietnam, y el ferviente consumismo capitalista. Hoy mezclan la bambula con las Converse de moda.

A una cuadra de este submundo, podía verse a señoras de tapado de piel y colágeno en los labios, tomando su té con torta en el Shopping Los Gallegos, y mirando la vida desde ideales que cotizaban en Bolsa. Un piso más arriba, en la misma cadena de hamburguesería donde la prole hippie degustaba su cuota diaria de grasa capitalista, un par de chicos bien – ¿futuros chetos? – almorzaba junto a sus jóvenes padres – los nuevos ricos – que vestidos y peinados impecablemente, reemplazaban la calidez hogareña, con la Cajita Feliz. Luego de la maravillosa hora en familia, padres y niños retornaban a sus tareas: los unos a sus oficinas, los otros al turno tarde de su doble escolaridad.

Mientras tanto, afuera, el frío no existía para los skaters ni bikers que con su inagotable energía, subidos a sus tablas y bicicletas, se apropiaban de todo “accidente geográfico” que las calles y veredas de la ciudad le prodigaban a su constante necesidad de adrenalina. De vez en cuando, a su aventura urbana se sumaba algún surfer, no sin antes haber realizado su ritual y solitaria visita al mar esperando la ola perfecta.

Eran estos, solo algunos ejemplos de esos grupos humanos que formaban parte de mi paisaje diario. Ya fuera por su vestimenta, sus ideas, sus formas de hablar, o el brillo de sus tarjetas de crédito, había en cada uno algo que lo igualaba a los que compartían su espacio físico, y a la vez los diferenciaba del resto. Y en medio de este patchwork cultural, algo más se estaba gestando dentro de ese microradio urbano que comprendía la Catedral, el Shopping, la Feria de Artesanos de la Diagonal, y la cuadra de los cybers: los “nuevos” si que eran chicos “raros”.

Los Hombrecitos de negro

Más cercanos al interior sombrío de la Catedral, que al colorido que se desplegaba en la plaza central de la ciudad, ellos y su negro esplendor comenzaban a presentarse en sociedad. Dicen que la piel es el órgano más extenso del cuerpo humano, y ellos parecían querer aprovechar cada centímetro que fuera posible perforar y adornar con aros, y todo elemento apto para mostrarle al mundo su placer por el dolor. Sobre gustos no está nada escrito, y sin pluma pero con sangre ellos escribían el propio.

No conformes con esto, su fascinación por lo oculto, lo dramático, y la eterna oscuridad que inundaba su visión de la vida, era reafirmada mediante largos tapados negros, pantalones negros, remeras negras, borcegos negros, o lo que fuera, pero siempre que su color fuera negro y contrastara con la blancura de su piel. Labios de un rojo sangre y ojos dramáticamente delineados, sin distinción de sexos ni sexualidades, completaban su forma de decirle al mundo cuan poco les importaba la vida y lo que pensaran de ellos.

Se reunían al atardecer, a esa hora en que la penumbra suele traer consigo el misterio; el ocaso al que muchos poetas cantaron sus angustias. Su propia oscuridad hasta comenzaba a ser parte de la reminiscencia gótica de la Catedral que habían hecho su templo de encuentro. Ahora les decimos Tribus urbanas, y aunque este término fue usado por primera vez en 1995 por el sociólogo francés Michel Maffesoli, en un libro llamado “El Tiempo de Las Tribus”, para mi no eran más que un grupo de chicos con ganas de verse diferente al resto.

La Chica de naranja

Pero un buen día, entendí que había más que eso. Fue cuando sentí claramente aquello de “ser sapo de otro pozo”. Más que un buen día, fue una fría noche de sábado, de esas noches de invierno que solo en Mar del Plata se viven. Un amigo me había invitado al recital de la banda en la que él tocaba el bajo. Me dijo que la música que hacían era metal, y aunque no sabía a ciencia cierta de qué se trataba, ni era de mi preferencia musical, no dudé en aceptar la invitación.

Sin preocuparme demasiado por la apariencia, ni por llevar mi mejor ropa – para evitar que se estropeara con el humo de cigarrillo y otras yerbas– y optando por la comodidad y abrigo, ahí fui yo: con mi pantalón Oxford de color naranja, una polera clarita, una camperita de lana muy retro en tonalidades naranja, mis guantes haciendo juego, bufanda de varias tonalidades de verde, campera de jeans claro y desgastado por el uso, zapatillas “onda playa” y una gorrita de lana multicolor por si mi arsenal anti invierno no era suficiente.

Así fue como conocí la Vinoteca Perrier, un reducto marplatense tan popular como bizarro, pues en su cartelera conviven tanto recitales de rock, como de hip hop, jazz y hasta punk. Con toda mi psicodelia a cuestas, hice finalmente mi entrada triunfal: mi compañero debía reunirse con el resto de la banda en la trastienda del lugar, y a medida que avanzábamos entre la muchedumbre, comencé a sentir que las miradas se posaban sobre mí. Primero eran miradas, apenas una sensación, que luego se evidenció en cabezas que giraban a mi paso, codazos que avisaban de la presencia de ¿un bicho raro? ¿Quién?…¡¡¿Yo?!!

Cuando en un momento miré hacia atrás, entendí que la oscuridad habitual del lugar, era nada comparada con la que inspiraban los seres que formaban el público de esa noche. Y es que, sin siquiera sospecharlo, esta chica de trenzas y pantalón naranja que por las noches solía cantar “Rasguña las piedras” con su guitarra, y adoraba caminar por la playa admirando los colores que se fundían con el mar al atardecer, había ido a parar a uno de los tantos reductos de este submundo que por las tardes solía citarse en la Catedral: fue esa mi incursión al mundo DARK.

¿Cómo explicar lo que sentí? De pronto, todo mi colorido resultó ser una sombra que se perdía entre la oscuridad que paradójicamente iluminaba a estas almas. Me sentí pequeñita, vulnerable, y lo confieso, un poco sola. Nadie me agredió, ni siquiera me apartó. Pero tampoco nadie me habló, ni intentó fundir mi luminosidad con su oscuridad. Y lo más curioso de todo, es que percibí que tampoco entre ellos se hablaban demasiado. Eran apenas miradas vacías, esperando el glorioso momento que llegó cuando la banda apareció en escena y mil signos de interrogación aparecieron arriba de mi cabeza: mi amigo -el que adoraba la música clásica, odiaba el mate y el cigarrillo, y solía caminar cómodo por la vida en bombacha de campo, alpargatas y su larga cabellera llena de rastas– de pronto me sonrió detrás de su cara maquillada al mejor estilo Kiss.

Emoción  (des)comunal

La banda empezó a tocar, y yo había encontrado un lugar privilegiado en un rinconcito del escenario. Desde allí pude  vivir y sobrevivir al pogo de toda aquella masa humana, y comprendí qué era lo que unía a todos estos seres: lo que los psicólogos, sociólogos, antropólogos y otros estudiosos de la materia explican tan bien describiendo estas subculturas como “verdaderas comunidades emocionales” en las que buscan sentirse contenidos afectivamente y escapar de la soledad. Irónicamente, en su huída de esta soledad, mi naranja existencia quedó sola en ese mundo. Y sí, para aquellos “chicos raros” que jugaban a ser malos en las escalinatas de la Catedral, esa noche yo fui el especímen extraño.

Y me quedé pensando…
Mucho se puede teorizar sobre el significado de pertenencia a una Tribu urbana, pero esta pequeña anécdota creo que -entre otras cosas- retrata una parte del mismo fenómeno: ¿qué somos los otros? los que simplemente somos como somos…o en última instancia, como podemos (y hay quienes son lo que deben). Acaso los miembros de cualquier tribu, en ese afán por descontracturarse de los preceptos de la sociedad actual, por querer diferenciarse de lo que se supone deben ser ¿no terminan siendo lo que su propia sociedad tribal les impone? ¿Quién se rebela a quién?

En fin, luego de mis peripecias en el mundo Dark,  y desde  la adolescente solitaria que fui, me pregunto qué será de los jóvenes que integran las tribus actuales, en unos cuantos años…cuando sobrevivir sea más que ser aceptados dentro de un submundo ¿Qué sucede cuando el integrante de una tribu urbana, alcanza su adultez…cuando ya es un ancestro en su pequeña sociedad tribal?

Cuando el cuerpo crece, necesariamente cambiamos nuestra vestimenta y la que antes usábamos generalmente es desechada, guardada, o bien usada por otros. ¿Y en el caso de las ideas? ¿Dónde van a parar cuando nuestras experiencias se suman a los años vividos y más gente y tribus se cruzan por nuestro camino?

Como bien dijo alguien “la cabeza es redonda para permitir al pensamiento cambiar de dirección”. Pero no en vano, la sabiduría ricotera alguna vez cantó “lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir”.

Ludmila Brzozowski

¿Y acaso no es más lindo un mundo multicolor?

[si alguien lo leyó completo: ¡¡gracias!!]

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4 comentarios »

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  1. Hola Lu! io lo leí completo y me encantó! Coincido: buscás un grupo para ser distinto, pero no es gratis, viene con manual de instrucciones que hay que respetar a rajatabla o fuiste. Y vale para cualquier mundillo. El después es decir con un poco de vergüenza y otro de cariño por el adolescente tonto que ya no somos: “en una época yo fui hippie”. Besos!

    • Gracias Ivi, te voy a hacer un monumento!! 🙂 Totalmente de acuerdo: “vale para cualquier mundillo”. ¿En San Juan hay darks?

      (decime la verdad: ¿usaste “vaqueros” nevados?) jeje. beso
      Lu

  2. Lu: hasta hace unos años, era de lo que creían que eso de las “tribus urbanas” no era más que una simple excusa en que cierta gente parecía escudarse como una manera (más) de evadir la realidad, la cotidianidad y esta vorágine que el mundo posmoderno nos trae a diario.
    Pero sucedió que en uno de mis tantos viajes que hice, aprendí que mi forma de ver aquello era incorrecta o -cuanto menos- parcial. Y fue gracias a mi primo, metalero a full, que pude abrir la cabeza y verlo desde otra óptica: me tocó asistir con él y otros amigos a un recital de dos bandas pesadas, grosas del heavy metal (Almafuerte y Megadeath). ¿Podés imaginarme a ‘mi’ (tal como me conocés), vestido de ropa de playa entre tanto metalero vestido de ocaso y en medio de uno de sus típicos encuentros trivales? Bueno…yo estuve ahí. Y después de poder conversar con varios de ellos que pude ver que aquellos que se auto-proclaman “sojuzgados y sometidos”, no eran más que personas sencillas, como uno, con sus riquezas y miserias. Pero esto viene porque, en un principio, aquella noche también me tocó sentirme solo, raro…ajeno. Una simple anécdota, es verdad, pero que para mí significó un aprendizaje y una nueva manera de ver las cosas.

    Buen post!!! y gracias por compartirlo.
    Mucha Suerte

    • Eze, esas anécdotas merecen su propio post en tu blog! ¿Cómo se abre una cabeza? a) con un abrelatas; 2) con un rompeportones; 3) con-fundiéndose con aquello que prejuzgamos?
      Gracias por tu aporte!
      Lu


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