42. Mundos paralelos entre 4 goles.

28 julio 2010 en 10:04 pm | Publicado en Futbol, Historias reales, Mundial, Periodismo | Deja un comentario
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Ella es argentina. Él, un alemán de pura cepa. No se conocen, y seguramente nunca lo harán. Desde hace más de diez años, ella vive en Alemania. Él en Argentina. Y aunque con el transcurrir del tiempo aprendieron a convivir con las costumbres y hasta incorporaron a su vida la idiosincrasia del país en que residen, de vez en cuando un sonido, un sabor y hasta un color, les recuerda sus orígenes. Como cuando, cada cuatro años, el fútbol le regala al mundo un espectáculo que une a fanáticos y no tanto. Como en este Mundial de Sudáfrica 2010, que encontró a Eliana*y  Lucas* en los países donde no nacieron, pero eligieron vivir. Donde a pesar de todo, cada cuatro años, el corazón se les hincha de emoción al escuchar ese himno que les suena a patria. A ellos, que pese a estar instaladísimos en estos terruños tan lejos del propio, en cada Mundial, sienten que juegan de visitantes.

Ambos sabían que ese día no sería uno más. Y quizás, hasta sería difícil. Todo dependería del resultado del partido de fútbol que los seleccionados de Argentina y Alemania, disputarían esa tarde en Ciudad del Cabo (África). No era para menos, ambos países se enfrentaban en cuartos de final y solo a uno, esto le daría el pase a la semifinal del Mundial Sudáfrica 2010. El otro, debería volver a casa. Y las amistades y compañeros de trabajo de Eliana y Lucas, seguramente le prodigarían sus respetos…o serían el blanco de todas las bromas durante ese día. Todo dependía de quién ganara. Aunque ninguno pensaba que más que el “quién”, lo que esa tarde potenciaría cualquier broma, sería el “por cuánto” se ganaría.

Eliana, una Dra. en Ciencias de los Materiales graduada en la UNS, con sus 36 años, ya había vivido otro Mundial estando en Alemania. Justo aquel en que el seleccionado argentino cayó por penales ante el equipo germano. Y si bien ella no es muy amante del fútbol, “un Mundial es un Mundial”. Por eso, aún sola en su casa de Munich, aprovechó que los sábados no tenía que presentarse en Infinium, ni armar ninguna charla para hablarle a ingenieros del mundo sobre los “diodos más pequeños del mundo” y preparó unos mates con la yerba que venía reservando para la ocasión. Esa que se convirtió en un lujo y que compra “en el mercadito del argentino”, la misma que el compatriota promociona contándole a los alemanes las propiedades para adelgazar y curar que tiene esa extraña mezcla de yuyos. Ella no dice nada, prefiere disfrutar de su ritual argentino, que esa tarde comenzó apenas la pelota empezó a rodar. Y no duró mucho. Bastaron menos de cinco minutos para que los alemanes metieran el primer gol. Ya no le gustaba nada esto de estar en Munich tomando mate y viendo perder a su entrañable país.

Mientras tanto, a miles de kilómetros de allí, en Bahía Blanca, Lucas no sentía el frío invernal ni el torrente de aire gélido que llegó a Argentina cuando Müller anotó el primer tanto. Ese día, no trabajaba. Este país que hace tres años eligió para ejercer su flamante título de Ingeniero conseguido en su tierra natal, se paralizaba con cada partido en que jugaba Argentina. Esa mañana, los proyectos de energía eólica y los estudios sobre modernos molinos, podían esperar. Y él, por supuesto, se dispuso a alentar a su país, aunque debió hacerlo silenciosamente: eligió compartir ese momento con amigos bien argentinos, que tras el partido, disfrutarían de un asado que ya empezaba a sentirse en el aire.

El tiempo transcurría y la alegría comenzaba a disiparse en Argentina. No así en Alemania. Uno, dos, tres y por si esto fuera poco…llegó también el cuarto gol. Ya en el segundo, Eliana no soportó más y se fue a caminar por la Leopolstrasse, que según ella “vendría a ser como la Alem de Bahía Blanca”. No esperaba encontrarse con el escenario con que se topó: los bares y restaurantes llenos de gente, con los televisores afuera, y festejando los goles. La fiesta siguió por un tiempo más, aunque tranquila, escuchándose de vez en cuando algún bocinazo. En ese momento, esta nieta de polacos e italianos, agradeció que en sus rasgos no se notara tanto su argentinidad. Alta, de ojos profundamente verdes, cutis extremadamente blanco, y con la contextura física de una ex nadadora, ni siquiera al hablar se le notaba su origen. Pero nada de esto trasparentaba lo que dentro suyo pasaba: bronca y tristeza. A la pena lógica de la derrota, se sumaba la que le generaba cada vez que escuchaba a la prensa alemana hablar de Maradona y sus dichos previos al partido. Un poco de vergüenza también, por esa imagen soberbia y altanera que los argentinos solemos despertar en otros lugares del mundo. Mucho más, en esa Alemania tan analítica, en la que ella decidió vivir.

Mientras tanto, la cara de Lucas era una de las pocas que sonreían esa mañana en Bahía Blanca. Lamentaba la tristeza de sus amigos, pero no podía dejar de festejar el triunfo de su país natal. Y aunque contento, se sintió raro. Quizás sus amigos necesitaban más un abrazo que él, acostumbrado a expresar sus emociones con más sutileza y menos contacto físico. Afuera las calles bahienses se llenaban de rostros apesadumbrados, algunos hasta con lágrimas en los ojos. “Parecía el fin del mundo”, dice asombrado. Fue el primer Mundial que vivió en Argentina. Y ese día aprendía algo nuevo sobre las emociones humanas. O mejor dicho, sobre las emociones argentinas, que tienen su propia humanidad. Tanto como las particularidades que entraña el ritual del mate, que de a poco está aprendiendo a dominar. O los asados, como el que después del partido, y a pesar de todo, compartió con sus amigos argentinos. Y hasta del tránsito, muy diferente a la prolijidad teutona. Lucas está convencido de que “Argentina es un país con corazón, y Alemania uno con cabeza”. Eliana, a miles de kilómetros, asegura que también, pero que aun viviendo allá, no se pierde la argentinidad.-

Por Ludmila Brzozowski
(Julio2010)

* Trabajo Práctico. Por razones de seguridad, se resguardan los apellidos de los protagonistas.

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